Verano de 1967 en el parque de las Mercedes
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Testimonio evidente de la severidad del verano de 1967 es la fuente central del parque de Las Mercedes. Con el receptáculo vacío y adornado apenas con alguna que otra colilla o cajetilla de tabaco, semeja esos pozos del desierto que, evaporados por el sol abrasador, desilusionan al camellero.
A manera de compensación, asoma el agua por los lugares más insospechados de la ciudad, tales como alguna acera o la primera alcantarilla que nos topamos. Agua, por lo visto, no ha escaseado en todo el año; las reservas han cumplido su cometido de suministro y la sequedad que vemos en la foto no sabemos a qué atribuirla.
¿Cómo va el contribuyente a tomar en serio proyectos en los que se barajan cifras millonarias si defectos cuyo arreglo cuesta cuatro perras no se solucionan en semanas o años? El ciudadano es persona de humor y, naturalmente, tanto los comentarios de este servidor como los proyectos municipales suele tomarlos a cachondeo, según vocablo admitido ya por la Real Academia.
El hombre de la calle sabe con certeza que los problemas ciudadanos tienen un proceso que nada ni nadie puede alterar. Primero se incuba el defecto, luego se produce, después los organismos competentes se preocupan de que madure, y cuando ya la cosa carece de arreglo, se olvida y a vivir que son cuatro días.
¡Si se olvidasen así de las multas o de los impuestos!
📌 NOTA DEL EDITOR // Del archivo de Carlos del Caño
Nos situamos en el caluroso verano de 1967. Carlos del Caño, con su cámara y su pluma siempre afiladas, nos regala una crónica que bien podría haberse escrito esta misma mañana. Al retratar la fuente seca del parque de Las Mercedes, saca a la luz una gran verdad universal: la contradicción de las instituciones que planean presupuestos millonarios mientras descuidan los arreglos de "veinte duros".
Con una ironía desbordante, el texto reivindica el sentir del ciudadano de a pie. Frente a la burocracia que deja madurar los problemas hasta el olvido, Del Caño nos recuerda que el contribuyente es el verdadero motor y valor de la comunidad, alguien que no flaquea, pero que tampoco se doblega ante el sinsentido.
Un texto brillante sobre la eterna paciencia vecinal y el arte de tomarse las cosas con humor. ¿Les suena de algo esta historia de desidias municipales? Los leemos

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