📰 Tinta del Lunes: “QUI INVENIT (AMICUM), INVENIT THESAURUM”
Por Carlos del Caño
A nadie pido perdón por titular este comentario con una frase del Eclesiastés ("Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro"), aun cuando pudiera haber algún mojigato que se extrañase de verla sirviendo de antífona a un texto que llora la muerte de un perro. ¡De un simple perro! Tan solo espero que la bondad de Dios, en su infinita misericordia, me juzgue con su también inefable justicia. Porque hubo santos que llamaron hermano a un animal, y aun cuando existen hombres «snobs» que ahora desprecian al perro cuando ya no les hace falta, también hubo una época en que, sin la ayuda de ese nobilísimo animal, hubiera sido imposible en el inhóspito paisaje de la Tierra vivir la recia lucha por la supervivencia.
El perro, que Foxá calificó de servil —cosa inconcebible en quien pretendía saber y conocer las cosas de la naturaleza—, ha seguido al hombre a través del hielo polar, del trópico y, bajo todos los meridianos, ha guardado la hacienda de su amo. Unas veces pagado con comida y cariño, otras con comida y patadas, y la mayor parte de ellas con indiferencia, cuando el hombre se dio cuenta de que ya no precisaba la colaboración del más leal de los animales.
Hacer un somero estudio de las actividades donde el can colabora con el mal llamado «Homo sapiens» es tarea que no cabe en un folio; pero, a título documental, sería conveniente recordar al lector que la caza, la guarda, la defensa personal, la colaboración con la policía, el laboratorio, las experiencias espaciales, la milicia, etc., etc., forman parte de lo que, sin temor a los «beetles» de la zoología, podemos designar como especialidades de este auténtico regalo del Creador.
El perro jamás se preocupa de si llueve o hace viento cuando sale a cazar o a buscar a una persona perdida en la nieve. Sabe cuál es su cometido en la sociedad y no escurre el bulto como los «amigos» verticales, que saben eludir las dificultades con una sonrisa. Para él, toda ocasión sirve para demostrar su archiprobada lealtad y su afán de convivir con lo que él estima como rey de la Tierra...
¡Cholo ha muerto! Con dieciséis años figurando en la plantilla de «Del Caño S. L. (Sociedad bastante limitada)», quedó enterrado con la cabeza vuelta hacia su pueblo. La tierra fría por donde corrió, donde acaso amó, donde el conejo se las pelaba frente a su hocico, le sirve ahora de cama, mientras su caseta en el patio hogareño nota la ausencia de un servidor leal. El amo, que no pertenece al grupo de los «snobs», aprovecha un espacio que le concede la «Hoja» y en su memoria repite una vez más el epitafio de Lord Byron en la tumba de su perro preferido:
«Cerca de este lugar reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.»
Este elogio, que constituiría una absurda lisonja si estuviera escrito sobre cenizas humanas, no es más que un justo tributo a la memoria de... "Cholo", un perro nacido en Papelle y muerto casi en el mismo lugar, dieciséis años después.
(Nota.— Dedico este comentario a don Emilio Amor, con la mayor simpatía. 14 de Diciembre de 1964).
✍️ Comentario del Editor: La lealtad soberana frente a la doblez humana
Hay crónicas que se escriben con tinta y otras que, como esta, se graban directamente desde el alma. En esta conmovedora entrega de diciembre de 1964, Carlos del Caño se desprende por un momento de su habitual máscara satírica para ofrecernos una de sus reflexiones más profundas, valientes y humanas: el adiós a su fiel compañero "Cholo".
Apoyándose con maestría en las Sagradas Escrituras y en los versos inmortales de Lord Byron, el autor eleva la figura del perro por encima de los prejuicios de su época. Lejos de considerarlo una simple propiedad o una carga, Del Caño reivindica al animal como un activo fundamental de nobleza y un espejo en el que la propia humanidad debería mirarse. Con un pulso firme y una ironía sutil pero demoledora, Carlos contrapone la entrega incondicional del can —que jamás escurre el bulto ante las dificultades— con la hipocresía de esos "amigos verticales" que pueblan las sociedades modernas.
Al devolver a "Cholo" a la tierra fría de Papelle, con la cabeza vuelta hacia sus orígenes, Carlos no solo rinde un tributo de gratitud a dieciséis años de lealtad compartida en el seno de la familia; también nos firma una bellísima apología de la autenticidad. Un texto soberano que, seis décadas después, sigue latiendo con la misma fuerza, recordándonos que el respeto hacia la naturaleza y hacia quienes nos brindan su lealtad sin condiciones es el verdadero tesoro que nos define como seres íntegros.
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