Gordo, calvo, viste de gris y no se calla ni debajo del agua: el genial y afilado retrato de Carlos del Caño sobre el "pesado" que todos sufrimos en la oficina. 👇
PULSO DE LA CIUDAD // GUTIÉRREZ
¿Conocen ustedes a Gutiérrez, un fulano grueso, de cabeza calva, que viste de gris y fuma en pipa? Quizá no lo conozcan, pero Gutiérrez es un verdadero demonio contando chistes. Allá en Nueva Delhi inventan uno y, quizá por medio de poderes de telepatía, a la media hora ya está Gutiérrez soltándolo en cualquiera de las innumerables tertulias donde él, y siempre él, está en uso de la palabra. Sale otro chiste en Samoa, Tegucigalpa o en una de las bases situadas en la Antártida, ¡zas!, de inmediato pasa a la chistera de Gutiérrez, que, como hombre generoso que es, lo endosa a sus amigos, aun cuando se hallen hablando de finanzas o comentando el entierro de un familiar querido.
Gutiérrez es lo que podríamos llamar el rey del chiste. Y no es que haya inventado ninguno, ya que su inteligencia y sentido del humor son nulos. Tiene, eso sí, una memoria prodigiosa, en especial cuando se trata de su entretenimiento favorito. Entonces semeja una gigantesca batería casi imposible de cargar a tope porque, además de ser enorme, tiene siempre abierta una rarísima válvula que le permite sostener un inconcebible equilibrio. Los chistes que él considera fuera de actualidad los elimina por la válvula de marras, y en su memoria quedan tan solo los que él estima como el último grito.
El personaje de Gutiérrez, además de no ser inteligente, tiene muy poca gracia para usar el desorbitado caudal de su repertorio. Pero suple este inconveniente con una perseverancia digna del mayor encomio. Tiene, esto es la verdad, un acento impostado y andaluz, y como es natural jamás le faltan papanatas que, prendidos en el dudoso encanto de su deje meridional, soporten la peligrosa apertura de sus compuertas chisteras, que viene a ser casi lo mismo que si en nuestro comedor irrumpiesen las cataratas del Niágara.
Hay quien asegura que Gutiérrez es un cretino de tomo y lomo, opinión que no me permito rubricar. Dicen algunos amigos míos que lo bueno de los chistes es inventarlos y que los simples recitales no son otra cosa que una muestra evidente de que Gutiérrez no tiene otra cosa en la cabeza que cosechas foráneas. En resumen, que la cabeza de Gutiérrez es un chiste y, lo curioso del caso, es que a mí no me hace gracia ninguna. Es mofletudo, calvo de solemnidad, tiene los dientes amarillos y una verruga —quizá un quiste— no muy lejos de su enorme narizota.
Gutiérrez ha logrado sesiones cuya duración tan solo puede compararse con los discursos electorales; ha conseguido en un consejo de administración que nadie hiciese otra cosa que oír sus excelsas ocurrencias en vez de ventilar las cuestiones importantes de la junta. Yo creo firmemente que si Gutiérrez se lo propone es capaz de superar los resultados de la energía atómica. Gutiérrez es de los que "trabaja" el chiste y, por si fuera poco, los adereza con gestos y carcajadas de antología. Todos los días termina la jornada convertido en un guiñapo, pero lo bueno de veras es que apenas ha derramado una ínfima parte de su imponente carga.
¿Conocen ustedes a Gutiérrez, un fulano grueso, de cabeza calva, que viste de gris y fuma en pipa? ¿No le conocen, verdad? Pues pueden dar mil gracias a Dios, como hago yo, que tampoco conozco a este en concreto, pero que he soportado a otros "gutiérrezes" muy semejantes a él.
La efectividad del chiste, por si no lo sabía Gutiérrez, no estriba en la jerga salerosa que pueda contener, sino en algo tan simple y necesario como es la oportunidad. Esta frase, que doy gratis a los contadores de chistes, no creo que obtenga los resultados que esperaría si no supiese de la cabezonería de tales elementos. Y si la doy a luz es debido a mi falta de paciencia y al aprecio que ustedes merecen por el solo hecho de seguir cada semana esta página.
📝 El Comentario del Editor
Para las redes, jugamos con la total empatía del lector. Todos tenemos un "Gutiérrez" en nuestra vida o en nuestro trabajo actual, lo que demuestra la soberanía de la pluma de Carlos para retratar las debilidades humanas.
📌 NOTA DEL EDITOR // Del archivo de Carlos del Caño
Hay personajes que son universales y eternos. Hoy, de la mano de Carlos del Caño, nos asomamos a un soberbio retrato psicológico y costumbrista que todos hemos padecido alguna vez: el sabelotodo (o en este caso, el "cuentachistes") insaciable, bautizado aquí bajo el genial arquetipo de "Gutiérrez".
Con su habitual agudeza e ironía punzante, Del Caño critica a aquellos que, careciendo de ideas propias u originalidad, monopolizan el tiempo y la paciencia de los demás repitiendo "cosechas foráneas". Ya sea en una cafetería de Ourense o en un aburrido consejo de administración de los años 60, el "Gutiérrez" de turno siempre encuentra un hueco para soltar su repertorio sin importarle lo más mínimo el sentido de la oportunidad.
Un texto divertidísimo que reivindica el valor de la conversación inteligente, el silencio respetuoso y, sobre todo, el derecho del ciudadano a no ser invadido por las "cataratas del Niágara" de la palabrería barata.
Abran juego: ¿cuántos "Gutiérrez" se han cruzado en su vida laboral o personal? ¡Los leemos en los comentarios! 👇
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