¡Captúrelos, pero vivos!: El Parque de San Lázaro y las "trampas" municipales de Carlos del Caño
Por Carlos del Caño
El excelentísimo Ayuntamiento no cabe duda que pone de su parte cuantos medios existen a su alcance para amenizar el recreo de los niños. Tiene destinados a zonas verdes una serie de lugares que los inconformistas califican de escombreras. Inventa amenos entretenimientos e incluso prepara a nuestros infantes para la dura lucha por la vida.
En el Parque de San Lázaro, con la mejor intención, han colocado los ediles un complejo sistema de trampas muy ingeniosas, por cierto, con el fin de adiestrar a las tiernas criaturas en lo que se llama defensa personal. Ofrecen, claro está, peligros imprevisibles que por la premura del proyecto se escaparon a la clarividencia de ese famoso "quien corresponda".
El charquito ése donde deambulan seis o siete "rañosas" de colorines entre toneladas de porquería, está rodeado de una verja —despintada desde hace casi ochenta años— que aparece destinada a evitar que un bambino despistado caiga en las letales aguas y sea devorado por la fauna subacuática. Pero, con una maña digna del mayor de los elogios, y para conocer los reflejos de la grey infantil, se ha suprimido un trozo de metro y pico. Con lo cual, un niño que no se encuentre adaptado a los peligros del progreso, puede muy "sin novedad" darse un baño de impresión, que le servirá en lo sucesivo para desconfiar de su propio padre y del Ayuntamiento.
Otro ingenioso truco consiste en dejar sin tapa un registro de agua... El niño o las chiquillas juegan en la "lisa" superficie del parque, van corriendo, miran para otros niños que son sus perseguidores de juego y entonces... es cuando se ve la sabia mano del organizador en el tremendo tortazo que, de un modo administrativo, obtienen al meter la patita dentro de tan estupenda trampa.
💡 Nota del Editor (2026): Hay cosas que el tiempo no cambia. Con un sarcasmo demoledor, Carlos del Caño retrataba en esta crónica el eterno descuido de los espacios públicos disfrazado de "progreso". Una lección de periodismo de a pie que nos recuerda que el ciudadano no es un sujeto pasivo ante los despistes de la administración, sino un activo soberano con derecho a exigir que las cosas se hagan bien.
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