¿Conciliación familiar en 1960? "Me tiene sin cuidado lo que diga su esposa. ¡Retírese!". La genial y ácida crónica de Carlos del Caño sobre los jefes que se creían dueños de nuestras vidas.
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Nuestro Director ya no es lo que era. Unas severas gafas con montura al aire le dan el clásico aspecto funeral de todos los gerentes, y una feroz sonrisa baila a menudo en su colorado rostro, para desdicha de cuantos colaboramos con él.
— Señor Director; quisiera un día de permiso para asistir a los funerales de mi madre política, que en gloria esté. Era tan buena...
— Déjese de tonterías, Pérez (podemos dejar este apellido por ser tan común, o cambiarlo por "hombre"), y póngase en contacto con la inspiración; quiero su artículo para las once en punto.
— Es que mi esposa dice...
— Me tiene sin cuidado lo que pueda decir su esposa. ¡Retírese!
Y manda retirar a cualquiera como si no existiese una edad determinada para hacerlo.
— Jefe... ¿Podría tomar una semana de vacaciones ahora que estamos en primavera?
— ¡Primavera! ¡Siéntese a la máquina y déjeme en paz!
— Pero señor Gerente, si hace diez años que no he visto el mar.
— ¿Y para qué quiere verlo? ¿Tiene usted algún acorazado?
La ferocidad de nuestro jefe es de tal magnitud —que por su culpa hasta el técnico extranjero más pintado haría las maletas para volverse a su país—, que un compañero de la redacción me aseguró no hace mucho que en el cajón de su mesa oculta una piastra (una buena pistola) para dirimir los problemas laborales con nosotros, sus subordinados. Porque, visto el trato, ¿qué otro calificativo merecemos.
📌 NOTA DEL EDITOR // Del archivo de Carlos del Caño
Viajamos hoy a las redacciones de los años 50 y 60 de la mano de la pluma afilada de Carlos del Caño. En este genial retazo de época, rescatamos una sátira universal: la figura del jefe despótico, inaccesible y de respuestas cortantes, encarnado aquí en ese "Director" de la vieja escuela.
Hemos preferido omitir los nombres reales de la época por respeto a quienes ya no están, pero el retrato costumbrista sigue intacto. Aunque hoy las formas hayan cambiado afortunadamente hacia el reconocimiento de la valía y la soberanía de los profesionales, las excusas para denegar vacaciones o la nula conciliación familiar de este texto siguen teniendo una vigencia casi cómica.
Un rescate imprescindible que demuestra que, cambie la época que cambie, el humor siempre es nuestro mejor activo. ¿Quién no ha conocido a un jefe así? 👇

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